Mi Escuela

Soy de la vieja escuela, de la EGB, del BUP y del COU, (ahora es ESO, Bachillerato y EBAU respectivamente). También de francés como segunda lengua. Posteriormente Inglés.

En mi opinión, por aquel entonces la mayoría de maestros y profesores lo eran “por vocación”. No digo que ahora no los haya.

Pero mi mejor escuela estaba en casa. Crecí en uno de nuestros pueblos extremeños eminentemente agrícola. Mi padre llegó de Andalucía atraído por el “Plan Badajoz” y se casó con una mujer extremeña. Tuvieron cuatro hijos varones, yo fui el tercero.

Mi padre se hizo agricultor por cuenta propia y con la poca ayuda que le pudieron prestar la familia; hablamos de los últimos años 50 y principios de los 60, nos fue sacando adelante.

Mis hermanos y yo tuvimos que ayudar en las faenas del campo. Arar las tierras, al principio con el arado romano tirado por bestias  ( aún recuerdo el “juego de instrucciones” con el que comunicarme con las mulas ), luego vendría el tractor Ebro.

Preparar los semilleros para la siembra de pimientos, tomates y  arroz,  o cortar las patatas en trozos que contuvieran al menos una yema para que germinaran.

Abonar con la horca abono orgánico desde el carro, luego con abono inorgánico granulado desde un saco colgado al hombro cuyas esquinas, una del fondo y otra de la embocadura se ataban a modo de zurrón. El trigo y la cebada también se plantaba de la misma manera. Luego llegaron las abonadoras y sembradoras mecanizadas.

Fumigar el maíz contra la araña roja con dos latas de conservas, una en cada mano, con un agujero en el fondo mientras recorrías los surcos  a una velocidad precisa procurando que el  producto granuloso que contenían cayera sobre el cogollo de la planta.

Regar los sembrados “por gravedad” que no es más que teniendo la superficie nivelada con una pequeña pendiente, conducir el agua desde la boquera de la acequia hacia las “regueras” ya sobre el terreno, que eran surcos más anchos y que mediante diques de tierra que se van haciendo con la azada, distribuías el agua en las pequeñas parcelas de terreno o bancales a modo de circuito cerrado hasta que estimabas que estaba lleno, entonces creabas un dique de tierra a la entrada cerrando el paso del agua y dejando que el agua corriera reguera abajo hasta la siguiente “torna” ( que así es como lo llamábamos), y que previamente habías preparado mientras se inundaba la anterior torna.

Riego de bancales por gravedad.
Riego de bancales por gravedad.

Cuando el cultivo requería agua y aún no había empezado la temporada de riego, ( no corría agua por las acequias), teníamos sobre el pozo una vieja noria con cangilones tirada por una mula de tiempos anteriores a la existencia de los regadíos del Plan Badajoz. También recuerdo haber cavado el fondo del pozo mientras varias  bombas sacaban el agua hasta agotarlo, con objeto de profundizarlo y obtener más caudal. Eran pozos antiguos de entre 4 y 5 mts. de diámetro y otros tantos de profundidad.

El riego por aspersión vino después. Tirabas una línea de tubos de aluminio cada uno de los cuales tenía 6 metros de longitud ( tenías que tener cuidado cuando estabas cerca de las líneas de cables eléctricos aérea que atravesaban las parcelas ). Las líneas de tubos las íbamos cambiando conforme se empapaba el terreno que abarcaban los aspersores, aprox. 20 metros de anchura. Recuerdo el sonido que hacía el agua al acercarse al final de la línea de tubos, antes de ponerle el tapón al final, puesto que tenías que dejar salir el barro y las pequeñas piedras que al conectar los tubos se introducían y luego podían entrapar los aspersores . Sonaba como un mar profundo. Son buenos recuerdos, imagínense cuatro críos en pleno verano extremeño metidos en el barro enchufándonos los aspersores unos a otros.

El arroz era divertido sembrarlo. Los bancales no tenían surcos, nada más que las lindes del terreno. Todo el terreno era una superficie plana inundada. Una gran charca sobre la que te desplazabas sobre un trineo ancho de madera tirado por una mula para llevar los fardos de plantas provenientes del semillero hasta el “corte”. Para sembrarlo se hundía con la mano dos o tres plantones cada palmo en el fango.

También recuerdo aventar el grano en la era al final del verano con palas de madera de cabo largo , ( y rezar algunos días para que no hiciera viento y poder vaguear ). Lanzabas la carga de la pala hacia arriba y el viento se llevaba la paja cayendo el grano, más pesado, en montones distintos. No había horas, ni días de fiesta cuando la labor en el campo lo requería. Por supuesto que no existían vacaciones de verano, tampoco las echábamos de menos.

La época de la cosecha era un tiempo feliz. Los sacos de pimientos pesaban poco, se recogían avanzando por el surco con un morral que no era más que un saco vacío de abono que era de plástico al que se le doblaba la embocadura hasta poderlo dejar de pie en el surco, cuando se llenaba lo vaciabas en sacos de tela de yute o rafia que una vez llenos le cosías la boca con una gran aguja y finalmente hacías un nudo fácil de deshacer para poderlo descargar luego sobre  la tolva de la cinta que cargaba el camión a granel, en la nave de los corredores comerciales donde se llevaban los sacos previamente cargados en el remolque del tractor.

Los tomates eran más trabajosos, también se cogían a mano de las matas y se echaban en cajas que al principio eran de madera, posteriormente de plástico, luego al final de la jornada se cargaban al remolque tirado por el tractor con piloto automático; se dejaba a ralentí y los surcos sobre los que iba las ruedas impedían que se saliera de su camino, así el conductor, casi siempre el hermano pequeño, podía echar una mano en la carga también. Se solían recolectar dos o tres veces, sólo los que estaban maduros cada vez. En alguna ocasión la última cogida nos la regaló mi padre; nosotros los hermanos nos encargábamos de la recogida y el valor de la producción era para nosotros. Ahora la variedad de tomate que se siembra permite que las máquinas puedan recogerlos todos de una vez.

Las patatas se sacaban mediante una cuchilla hundida en la tierra que al final tenía soldada unos barrotes separados unos de otros para discriminar la tierra de las patatas. Al principio tirado por mulas y luego por el tractor. Iba dejando una hilera de patatas sobre el terreno que posteriormente ibas echando en espuertas de caucho reforzada con tela fuerte que luego vaciabas en sacos de rafia que una vez llenos, cosías y cargabas.

Hardware saca-patatas. Literalmente.
Hardware saca-patatas. Literalmente.

Otros años cultivamos remolachas. Éstas ya se sacaban de la tierra con cuchillas similares a las de las patatas tiradas por el tractor que ya era un “John Deere”. También existía una especie de azada de dos puntas para sacarlas, la clavabas en la tierra dejando la remolacha en medio y empujabas el cabo hacía adelante de manera que hiciera palanca contra el terreno plano, pero esto era para las orillas y esquinas a las que no podía acceder el tractor. Cargarlas era más fastidioso, el tractor tiraba del remolque entre las hileras de remolachas sobre el terreno que íbamos cogiendo y lanzando hacia el remolque. Acababas con una gruesa capa de polvo sobre la piel que se convertía en barro con el sudor. El truco para no acabar “baldado” era no levantarte cada vez que lanzabas las remolachas, es más, no necesitabas ni levantar la cabeza, sólo movías los brazos y de reojo veías las ruedas del remolque para calcular el lanzamiento. Un año, al finalizar una buena campaña mi padre nos regaló a mis hermanos y a mí un tocadiscos “compacto” con radio y cassette. Supongo, sin miedo a equivocarme, que luego se arrepentiría; ¡ cómo sonaba el “Volumen Brutal” de Barón Rojo !

Lo que menos me gustaba era escardar, que es arrancar las malas hierbas como la castañuela, el cenizo, la grama,  la verdolaga y otros hierbajos. Se hace con una pequeña azada especializada llamada amocafre, si bien creo que ya sólo se hace con productos químicos, los herbicidas.

Amocafre para quitar hierbajos.
Amocafre para quitar hierbajos.

No quiero terminar sin mencionar el cañón de carburo que teníamos para espantar los pájaros de los cultivos. Era literalmente un cañón de lata que tenía adosado un sólido recipiente de  tapa maciza que disponía de un vaso con agua del que pendía una tira de trapo que hacía gotear el agua hacia el fondo. Éste contenía piedras de carburo que desprende un gas inflamable al contacto con el agua. Mediante un tubito de goma estaba conectado a una membrana, ya en el cañón, de tipo acordeón que se iba llenando del gas y cuando llegaba a un cierto límite lo dejaba escapar,  al vaciarse se encogía la membrana y presionaba una pequeña rueda dentada contra una piedra de mechero haciendo saltar una chispa y ¡PUM!. ¡ Cómo salía la lata o botella que introducíamos dentro del cañón !

Cañón espantapájaros de carburo.
Cañón espantapájaros de carburo.

Pecado sería si no hablara de la talega. Ésta era un saquito de tela, normalmente a cuadros y con una cuerda de tela en la embocadura para cerrarla que contenía el almuerzo que nos echaba nuestra madre y esposa de mi padre. Con su fiambrera de aluminio y dentro el mejor momento del día: tortilla de patatas, queso, salchichón, tocino de veta, filetes empanados …, sin olvidar el pan de la tahona que cogíamos al salir temprano del pueblo. “ Para trabajar malvas, para comer leones”, decía mi padre. El postre ya nos lo buscábamos nosotros, en el campo siempre había frutas: sandías, melones, ciruelas, melocotones, peras, manzanas, higos o brevas, o moras. La navajilla personal era, si no de uso obligado al menos recomendable.

Mi padre nos decía “ya sabéis lo que hay, o los libros o esto”; todos sacamos nuestras carreras y pudimos independizarnos y vivir de ellas. También tuvo que ver mucho mi madre que siempre antepuso nuestros estudios al trabajo en el negocio familiar. Doy las gracias a mis padres y a mis hermanos por todo.

famcampo1

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